La Indomable
Carlos mirábala atentamente y volviéndose hacia el padre de Vida, que presenciaba la entrevista, dijo:
– ¿Y qué piensa usted hacer de ella?
– ¡Ah, hijo, nada! La quería independente, revolucionaria, original, indomable, pero no tanto. He tomado ya la determinación de dejar rodar la bola, de no sorprenderme ante nada y de estar preparado a todo. No obstante, para descargo de mi conciencia, te digo que he hecho lo posible para que no fuese del modo que ha resultado, para salvarla de ella misma. Y todo ha sido inútil.
– ¿Y no le asusta el porvenir de esta criatura?
– No quiero pensar en él.
– Pues yo sí — dijo Vida, fogosamente –. En él pienso siempre; en él tengo puestas mis esperanzas, Será él mi premio, mi justicia y mi reino. ¡Y qué! ¡Pero si estoy aún en los umbrales de la vida! ¡Si tengo toda la existencia por delante!
– Sí, pero ¡qué existencia deberá ser la tuya si no cambias! — dijo su padre.
– Pues no cambiaré nunca. No debo cambiar, para honra y prez del género humano.
– No cambies, hija — exclamó Carlos –. Sin vosotros, los locos, el mundo sería un inmenso estanque lleno de ranas, una planicie llana y estéril, sin un promontorio ni un oasis. No cambies. ¿Qué importa que sufras, que no seas comprendida, que mueras o te mates? No cambies. Sé, te lo ruego, hasta el último momento, la Indomable. Al fin y al cabo, vosotros sois los que nos dáis el orgullo de llamarnos hombres. Cada época debe tener algunos tipos como tú. Yo, ya ves, te he aconsejado siempre lo contrario de lo que digo ahora. Pero resulta un espectáculo hermoso y que se contempla con comodidad e interés desde la barrera. Eres una hermosa leona, desmelenada y rugiente. ¡Bravo, hija! Mas, eso sí, mata con cuidado en tí toda ilusión, toda esperanza, todo sueño que tenga por objeto una criatura humana. Edifica sobre ti misma y sólo para ti misma. Si no, ¡qué horrible drama vivirás, infortunada criatura! Serás también una de esas existencias que los siglos contemplan con asombro y lástima… Si llegas a escalar la cumbre, si no caes antes de llegar a ella. Talento, personalidad, sensibilidad, ímpetu y carácter no te faltan. Sólo te deseo suerte y paciencia.
– ¡Pero si tengo una suerte loca y una paciencia grandísima! Ya ve usted, no me falta nada. A usted, en cambio, le sobra ya un poquitín de barriga.
– Esta barriga me hace mostrarme descontento de mi sino. Es el fin que nos espera a los razonables, a los hombres equilibrados, que no queremos soñar por temor a los despertares; que matamos a las grandes pasiones, para que no nos devoren a nosotros mismos: engordamos, nos hacemos hombres de orden y alcanzamos la dicha normal de los imbéciles.
- Federica Montseny (1927)